domingo, 13 de marzo de 2022 0 comments

Capítulo 1 entrega 9

 


Pep llegó a casa de su padrino al día siguiente donde fue recibido como el hijo pródigo.

 

-          Lo hiciste bien, estamos contentos de que estés aquí, Hubiera preferido que te quedaras allá a hacerte cargo, pero no era el momento – le dijo el hombre al que tanto respetaba – ya vendrán tiempos mejores para tomar lo que es nuestro.

 

Pep sabía a lo que se refería: aquellos que mataron al Patrón iban a tomar el control de la plaza, hacer una limpia y luego establecer sus reglas. Seguramente querrían pactar con su padrino (era el hombre más poderoso de la región), pero tratarían de ir por su cuenta. Por su parte, su protector aceptaría una tregua porque a nadie le conviene una guerra; pero sabía muy bien (y por propia experiencia) que no iba a perdonar una traición y en algún momento tomarían venganza.

 

Conservar la vida había sido una de las mejores decisiones que había tomado, era casi una leyenda en la familia de matones a la que pertenecía y además su padrino lo había tomado como su favorito y estuvo trabajando de cerca con él. Por supuesto que era un guardaespaldas, pero era también el hombre de confianza al que podía mandar a tratar asuntos delicados.

 

Algo que había aprendido durante su exilio es que el negocio estaba basado en la lealtad y la venganza, todos quería ganar mucho dinero y lograr el respeto de los demás; lo que generaba peleas, matanzas y luchas por el poder. El negocio era el que sufría, había que pagar más a los policías y políticos que les ayudaban, vender más caro y todo se volvía más complicado. Tendría que ser diferente.

 

-          Se puede cambiar – pensaba – y se quién es el principal obstáculo.

 

Pep dedicó toda su energía en hacerse indispensable, conocer a todos, aprender el negocio desde el peón que traficaba en las calles y cómo las muchachas de la calle vendían sus servicios; trató a los hombres poderosos y a los famosos, se hizo de un nombre respetable, era el hombre que podía solucionar cualquier conflicto pero que nunca competía por ser más poderoso que su Padrino.

 

Cuando llegaron los problemas Pep estaba preparado. Sin que su Padrino se diera cuenta le había quitado los hilos del negocio. Le hacía falta quitarlo, pero él no podía ser el ejecutor. Tejió la trampa con mucho cuidado, le puso piedras en el camino a los que antes eran sus hombres de confianza, pero siempre quedaba como el que era capaz de conciliar; alimentó el odio entre los hombres violentos; y alimentó la avaricia de los poderosos. Su secreto: tener las manos limpias.

 

La crisis llevó a los matones a casa de su Padrino, por supuesto que Pep que sabía que así iba a pasar y prudentemente se quedó al margen mientras hacían su trabajo. Cuando terminaron se presentaron con él para dar por terminado el trabajo:

 

-          Está hecho – Le dijo a Pep uno de los matones

-          Dios sabe que me duele, pero era necesario – le contestó

 

Disparó dos veces y tomó a los hombres por sorpresa, para evitar que alguno tuviera la tentación de hablar les vació la pistola y regresó donde su padrino se desangraba y dio la voz de alarma.

 

-          Mi padrino fue asesinado – Dijo a los guardias que acudieron a su llamado – afuera están los culpables.

 

Los hombres fueron y comprobaron que estaban muertos.

 

-          Nuestro padrino ha muerto – Dijo el guardaespaldas y se dirigió a Pep - ¿qué dispone el patrón?

 

 

 

Carlos se dio cuenta muy pronto que no tenía a donde ir, regresar a su vida no era una opción porque tarde o temprano lo volverían a encontrar, pensó que tenía la oportunidad de empezar de nuevo en otra ciudad e incluso en otro país. Don Juan adivinó la duda en su cara:

 

-          ¿Y por qué no te quedas aquí? – Preguntó sin esperar una respuesta.

 

Carlos contestó con un movimiento de hombros y siguió sentado en donde estaba. La vida de Carlos era triste, hacía lo mejor que podía para ser útil y ayudar a ganar su comida, sus necesidades eran mínimas. Don Juan tenía algunos cultivos y unos pocos animales, la casa era humilde, lejos de todo y sobre todo mucho tiempo para cultivar su propia desdicha.

 

Don Juan nunca le pidió que hiciera o dijera algo, simplemente lo dejo seguir viviendo.

 

Las semanas se volvieron meses, la sencilla rutina en la que se había vuelto su vida le estaba gustando.

 

-          Es hora de que te vayas – le dijo una tarde Don Juan, Carlos levantó los hombros de la misma forma cuando aceptó quedarse y fue por sus pocas posesiones.

-          Gracias por todo – Carlos había aprendido a apreciar al hombre que lo rescatara

-          Antes de que salgas, bebe conmigo – y le tendió un vaso que contenía un líquido claro: un té, pero no podía identificar de qué hierba; el sabor era extraño, pero no desagradable.

 

 Bebieron en silencio hasta que el líquido se terminó y las últimas luces del día se apagaron. Carlos se levantó e intentó regresar el amuleto que había estado en su cuello todo el tiempo

 

-          Ustedes ya son lo mismo, algún día aprenderás a pulirla – le dijo al mismo tiempo que le detenía la mano – No sabes qué estás buscando, pero lo que buscas te está buscando a ti en este momento, la piedra te ayudará.

 

Y Carlos salió de la humilde casa.

 

Carlos estuvo caminando sin rumbo fijo, no había decidido qué hacer con su vida así que tenía tiempo para reflexionar. Estos meses de silencio le habían ayudado a tener paz en el alma y se sentía mucho más ligero.

 

La luna iluminaba su camino y tocaba decidir en dónde dormir. Había pensado en trabajar y juntar dinero para ir a otra ciudad y volver a empezar. 

 

La noche trae ruidos que pueden asustar a cualquiera que no esté acostumbrado. Carlos había tenido oportunidad de conocerlos, pero no estaba preparado para los que empezó a escuchar: todo sonaba a peligro y su piel se puso en alerta.

 

Los ruidos se iban acercando y con horror pudo distinguir que estaba en medio de una persecución, había sonidos de personas corriendo. Se escondió detrás de un árbol esperando poder pasar desapercibido. Se llenó de terror cuando escuchó muy cerca de él que alguien estaba siendo golpeado. Salió de su escondite y se alejó lo más posible, los pies de Carlos se mojaron cuando tocó el borde del lago - ¿De dónde había salido un lago? – Escuchaba ahora gritos apagados de una mujer tratando de defenderse, el pánico lo paralizó; cada uno de sus músculos estaba entumecido y sólo sus ojos se movían en búsqueda del origen de la voz.

 

¿Qué debía hacer?  Ser el héroe y salvar a la persona que estaba siendo atacada, pero su cuerpo simplemente se negaba a obedecer. El frio del agua, que le llegaba a los tobillos, ayudaba a incrementar la sensación de parálisis en la que estaba.

 

Los gritos subían de volumen, lo peor que podía pasar estaba pasando y Carlos seguía paralizado. El agua ya estaba cerca de su cintura y no sabía cómo había llegado ahí ni por qué ahora estaba dentro del lago. Tenía que salir de ahí, tenía que ayudar a la mujer que gritaba. Su cuerpo seguía paralizado, respirar costaba trabajo. Hizo acopio de toda su fuerza para mover las piernas y salir del agua, pero no se movió.

 

Un grito rasgó la noche y luego el silencio volvió a reinar. Se sentía mojado y sucio; sucio porque no había sido capaz de hacer nada por ayudar y ahora estaba en el agua que seguía subiendo y el sin poder moverse. El silencio era doloroso, había hecho lo mismo que aquella noche en donde perdió a Paula, había sido incapaz de defenderla, se había paralizado y el agua estaba a punto de llegar a su cara. Lágrimas de rabia y vergüenza salieron de sus ojos. Logró mover sus piernas, un paso primero y luego otro. De pronto todo cambió y se vio arrastrado al centro del lago, ya era incapaz de respirar y gritaba pidiendo ayuda, pero solo pudo tragar agua.

 

-          No te rindas, no respires, busca la superficie – pensaba Carlos

 

En la desesperación movía piernas y brazos, un rugido salió de su pecho para expulsar el agua que ya lo estaba ahogando y finalmente pudo sacar la cabeza para tomar una bendita bocanada de aire que le supo al manjar más delicioso que nunca hubiera probado. Con rodillas y manos tocó el piso seco y finalmente se desmayó.

 

Continuará…


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domingo, 6 de marzo de 2022 0 comments

Capítulo 1 entrega 8


Un hombre que sabe que pase lo que pase su destino es fatal pierde el miedo y acepta lo que está por pasar. Le dijeron en dónde estaban los primos, dos hombres rudos con los que había trabajado en un par de ocasiones y de quienes se sabía que habían sobrevivido a varios intentos de asesinato. ¿Por qué lo habían elegido a él? Muy simple, era alguien de quien se podía prescindir. 

 

El chofer del Patrón dejó a Pep en la puerta, le pidió que se quedara cerca que no tardaría; bajó del coche, caminó a la puerta y le dijo al guardia que el Patrón lo había mandado a platicar con los primos, lo dejaron pasar sin preguntar nada. Entró a la habitación amplia y decorada con muy mal gusto donde ellos acostumbraban atender sus negocios.

 

-          Hola primo – dijo el menor de los hombres como acostumbraba saludar a todos – ¿está bien el Patrón? ¿Qué necesita que hagamos por él?

 

Pep no se tomó la molestia de contestar, sacó el arma y disparó lo más rápido que pudo, un tiro a cada uno que evitó que sacaran sus armas, repitió la operación apuntando con más calma para asegurar que hubieran muerto. Buscó en la ropa del primo que había caído más cerca y tomó su arma, pelearía para salir con vida, aunque en realidad quería que el desenlace fuera rápido.

 

La balacera empezó tan pronto cruzó la puerta. ¿Suerte? ¿Habilidad? ¿Destino? Lo único que supo es que estaba de vuelta en el coche, el motor estaba encendido. Las balas sonaban atrás mientras el coche avanzaba a toda velocidad.

 

¿En cuánto tiempo les darían alcance? ¿Qué harían los hombres de los primos? Era obvio que había sido mandado por el Patrón y ahora con sus jefes muertos les convenía no enemistarse con el hombre más poderoso. Tenía la esperanza de que así lo pensaran los matones a los que acababa de sobrevivir.

 

Las calles pasaban muy rápido y tuvo la certeza de que había tenido razón. Su cuerpo finalmente se relajó y sintió la sensación del vómito en la garganta, pero lo pudo controlar.

 

-          Estás herido – Dijo el chofer

-          Pero no muerto – Contestó sin emoción Pep.

 

El chofer tocó el tablero del auto que activó el teléfono, le dijo a la máquina con quien quería hablar y cuando contestaron solo dijo:

 

-          Dile al doctor que lo necesitamos, vamos para allá.

 

Ese era un hombre práctico y servicial, estaba en buenas manos. Minutos después estaban en la casa de seguridad, bajó del auto con dificultad, pero sin necesitar la ayuda de nadie. El chofer lo guio a una habitación en donde había una cama y lo ayudó a acostarse. El médico llegó poco tiempo después.

 

-          ¿Eres alérgico? – hizo la pregunta de rigor el médico.

-          No – Fue toda la respuesta que dio Pep.

 

Y el médico se puso a hacer su trabajo.

 

Pep despertó cuando el médico ya se había ido, en la mesa que estaba junto a la mesa encontró unos botes de medicina y una hoja con las indicaciones para tomarlas.

 

La puerta de la habitación se abrió y entró el patrón, quizá su buena suerte ya se estaba acabando.

 

 

Don Juan, que así se llamaba el salvador de Carlos, le había dicho que podía quedarse en su casa mientras se recuperaba; para él no había diferencia, se encontraba en un estado de tristeza profunda y ya nada le importaba. Así que se dejó guiar hasta la humilde casa del anciano y permaneció en la cama que le ofreciera.

 

-          Me voy – le anunció Carlos una mañana

 

Por toda respuesta Don Juan levantó los hombros y siguió haciendo el desayuno.

 

-          Desayuna antes de irte – le dijo

-          No gracias – Carlos no quería ser grosero, pero no tenía ya nada que hacer ahí.

-          Tengo algo para ti – y el anciano buscó en el mueble que tenía junto y le dio un amuleto para colgar al cuello – cuando lo necesites, te va a proteger.

 

El colguijo no era más que una simple piedra con una cadena, la tomó y la guardó en el bolsillo del pantalón.

 

-          Ponla en tu cuello o la perderás.

 

Le hizo caso al hombre, más por agradecimiento que por estar convencido y salió de la casa y tan pronto como lo perdió de vista se lo volvió a quitar. No sabía en dónde estaba y la casa estaba rodeada de árboles, no le importaba hacia donde caminar así que simplemente empezó a mover los pies.

 

Pensaba en Paula y el odio que sentía por el hombre grande, cada vez estaba más enojado y empezó a gritar, desahogándose, insultando a Dios y a todos los que eran culpables de que esto le hubiera ocurrido a él.

 

El aire empezó a soplar.

 

Quería morir, pero también quería cobrar venganza.

-          pero si ya intentaste morir cobrando venganza – pensó.

 

El odio a si mismo creció y buscó entre los árboles algo que le pudiera ayudar a suicidarse

 

La fuerza del aire le hizo detenerse.

 

-          Así que sigues queriendo acabar conmigo – Grito Carlos a nadie – ven y acaba conmigo de una vez. Te odio, te odio, te odio.

 

El aire era cada vez más intenso.

 

Empezó a experimentar miedo cuando fue incapaz de sostenerse con los pies, buscó el apoyo de un árbol y sintió como el aire estaba a punto de arrancarlo.

 

-          Por Dios, ¿qué es esto?

 

Los árboles pequeños empezaron a volar en todas direcciones. Carlos se aferró al árbol que temblaba por la embestida del viento. El miedo se apoderó de Carlos.

 

-          Lo siento, lo siento, yo quería… Yo no quería… No pude protegerla, fue mi culpa – gruesas lágrimas salían de sus ojos para volar de inmediato por el viento.

 

El aire bajó de intensidad.

 

Carlos se tiró al piso buscando mantenerse agarrado del árbol, lloraba y sacaba todo el dolor que había acumulado.

 

-          Perdóname hija, no tuve la fuerza, no te volveré a fallar

 

El aire se detuvo

 

Carlos se quedó tirado en el piso agarrando el árbol y dejó que las lágrimas se secaran solas. Tardó varios minutos en volver a abrir los ojos, cuando lo hizo el bosque volvía a ser el mismo lugar tranquilo que antes.

 

 

 

El patrón había “premiado” a Pep con el territorio que había sido de los primos hasta ese momento. El premio incluía que estaba permanentemente amenazado por parte de la gente que había trabajado con ellos y que se sentían agraviados por su muerte. Cuando supo el premio que le había tocado le quedó muy claro que querían que estuviera muerto pronto, pero sería una muerte honrosa y su padrino podría estar tranquilo.

 

No tenía hombres de confianza, todos eran gente del Patrón y les tenía sin cuidado si seguía vivo.  Organizó lo mejor que pudo a los hombres, dándoles instrucciones muy claras, cuando los errores y las traiciones aparecieron empezó a ejecutar personalmente a los que consideraba más peligrosos; el patrón lo llamó a cuentas.

 

-          Dicen que estás haciendo una limpia.

-          Solo cuido sus intereses Patrón – le dijo con la mayor naturalidad posible

-          Ya sabes lo que dicen: el que a hierro mata a hierro muere

-          Esta es la vida que elegí, si me llega la mala hora será por estar haciendo lo que me pidieron, ni más ni menos – Pep hablaba sin emoción, parecía que el evento con los primos le había quitado las ganas de disfrutar la vida - ¿Tengo su permiso para limpiar la casa?

-          Solo ten cuidado de no quedarte solo – le contestó con una mueca en la cara – o como coladera.

 

Pep sabía muy bien que la estrategia del látigo y la zanahoria funcionaba muy bien (así lo había hecho en las épocas con su padrino), así que buscó que la gente que se quedaba con él ganara mucho dinero, la noticia se esparció rápidamente; también hablaban de los castigos ejemplares que daba a la menor falta, quien trabajaba con él sabía que su vida de lujo estaba siempre al filo de la navaja. El hombre grande sabía que no se podía permitir competir en fuerza o dinero con el Patrón, así que pudo disfrutar de una breve temporada de paz.

 

El día que mataron al Patrón Pep estaba trabajando en lo suyo, cuando recibió la noticia supo que muy pronto vendrían por él; tenía que tomar una decisión, quedarse y tratar de domar a la gente o regresar con su padrino. Decidió por esto último, tomó sus armas, las maletas con dinero y subió a su coche.

 

Pep cruzó la frontera poco después de que los matones llegaran a buscarlo a la casa que le había servido de refugio.

 

A veces se puede salir del infierno llevando sólo el perfume del diablo en la ropa.

 

Continuará…

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domingo, 27 de febrero de 2022 0 comments

Capítulo 1 entrega 7

 

Capítulo 1 entrega 7

Matar a un hombre no era extraño para el hombre grande ni para sus amigos. Lo habían hecho en muchas ocasiones: para defenderse, porque se los habían ordenado o simplemente como diversión; salvo la primera vez, todas las demás estaban libres de emoción, sólo cuando tenía que pelear por no perder la vida, no sentía nada al jalar el gatillo, usar el cuchillo o arrojar a alguien a un barranco; esa parte de su humanidad ya había quedado atrás.

 

A la mañana siguiente de que arrojaran el cuerpo de Carlos, el hombre grande recibió un mensaje en su teléfono: “Ven”. Era de su padrino, el hombre que lo había rescatado de la miseria donde había nacido y le había enseñado todo lo que sabía. Le debía respeto y miedo, a veces le tenía cariño, pero eran más las veces que sentía miedo; esta era una de ellas. Nunca lo llamaba tan temprano, debía ser algo importante. Sabía que no debía hacerlo esperar y en menos de una hora estaba en la casa de seguridad donde sabía que se encontraría.

 

- Pasa Pep – Le dijo el padrino usando el apodo con el que los demás le llamaban -

La vida te dio la oportunidad de ser alguien y tú la tiras a la basura, ya te había dicho que tienes que tomarte esto en serio y no andar haciendo cosas que nos pongan en riesgo, mira que matar a la muchacha.

 

El padrino sabía todo lo que pasaba en la ciudad, era su dueño y tenía informantes en todas partes.

 

-          Si, ya me dijeron que la mataste después de haber jugado con ella – el rostro del padrino no expresaba ninguna emoción y eso sólo podía significar que estaba muy enojado - ¿Fue idea tuya o de los inútiles amigos con los que andas?

-          Pero es que yo – Pep estaba acobardado – yo no quería…

-          Pero igual lo hiciste, esta familia depende de que nos cuidemos unos a otros– Le dijo y cada una de sus palabras pronunciadas con calma lo hicieron temblar – La policía sabe que fuiste tú, hay gente que quiere vernos caer y les das las armas ¿Qué ganaste con esto? Nada, te arriesgaste por un momento de diversión.

-          Pero es que yo … - la voz de Pep estaba quebrada

-          Sigues siendo un niño que corre buscando sus juguetes, estoy decepcionado – Le escupió estas últimas palabras – estás fuera.

 

Estas fuera… ¿significaba eso que lo mandaría matar? Pero ¿Para qué mandarlo llamar si así fuera? Su padrino tenía muchos matones que con gusto lo hubieran mandado al otro lado. No podía creer que simplemente lo dejaran fuera, sabía que sólo había una forma de salir y era con un pase al panteón.

 

-          Tome una decisión y no vayas a hacer que lo lamente – le dijo con el mismo tono de voz lleno de calma que provocaba temor – te vas a ir con los amigos de Texas. Vas a ser su ayudante: si te piden que brinques, brincas; si te piden que te hinques, te hincas. ¿Está claro? Ya hablé con ellos y te está esperando una bienvenida a la altura de lo que acabas de hacer.

-          ¿Puedo regresar?

-          No, te dije que estabas fuera – le respondió el jefe criminal de la ciudad levantando la ceja derecha – pero podrás seguir vivo.

 

Sabía que había agotado la paciencia del hombre más poderoso que había conocido. Su vida había terminado como estaba acostumbrado y no estaba seguro de que seguir vivo fuera una buena noticia.

 

-          ¿Mis amigos?

-          Ya no serán un problema – le contestó al mismo tiempo que usaba el teléfono que había permanecido junto a su mano derecha y hablo con alguien – ya puedes venir.

 

Casi de inmediato entró uno de los guardianes de su padrino, le apodaban piedra y el mote se lo había ganado a pulso, todo aquel que lo enfrentó terminó aplastado; era un hombre reservado y cruel.

 

-          Gracias padrino, lo siento mucho – Dijo Pep como despedida.

-          Ya vete – fue la única respuesta que obtuvo.

 

No se atrevió a preguntar por sus cosas, se dejó guiar por la piedra y pronto estuvieron en un coche.

 

La policía encontró esa misma tarde los cuerpos de los dos hombres que a habían ayudado a matar a la muchacha, los errores se pagaban caro en esa organización.

 

 

Entre que Carlos despertó y cobrara conciencia pasó mucho tiempo; su mente estaba desorientada. El primer pensamiento del que tuvo conciencia fue la pregunta de si estaría muerto, todo era oscuro salvo una vela que apenas permitía ver algo; olía a humedad y encierro, pero no era desagradable. Pasó un buen rato y percibió un dolor indefinido en todo el cuerpo. Después de pensarlo decidió que no estaba muerto, con dificultad se levantó y fue a la mesa en donde descansaba la vela, la tomó y recorrió la habitación, era muy pequeña. Más ayudado con el tacto que con los ojos, encontró la puerta y comprobó que estaba cerrada y no podía abrirla; era un prisionero entonces.

 

¿Cuál era su situación? Recordó los eventos antes de la golpiza y maldijo seguir vivo, su situación había empeorado, su hija seguí muerta y él ahora era prisionero. No entendía por qué, no tenía dinero para pensar en que alguien buscara cobrar un rescate, no tenía amigos o familia que pagaran por liberarlo; la única opción que se le ocurrió es que se estaban vengando por el intento de ataque, aunque también parecía algo absurdo, era más sencillo que lo hubieran dejado morir.

 

Buscó la mesa y regresó la vela a su lugar.

 

-          Busca y encontrarás – La luz reflejó esas palabras escritas en la pared cerca de donde puso la vela.

-          Alguien estuvo encerrado antes que yo aquí – pensó Carlos.

 

Se dirigió al lugar en donde había estado acostado y pensó que no tenía nada que hacer, ¿Su antecesor habría hecho otros escritos? Volvió a tomar la vela y recorrió las paredes en busca de más escritos.

 

-          Si tuvieras otra oportunidad ¿Qué le darías al mundo? – decía la inscripción

-          Venganza – fue el primer pensamiento que llegó a su mente – Alguien debería ponerles un alto a los criminales.

 

De inmediato se sintió mal consigo mismo, no había sido capaz de hacerles daño, sólo había conseguido que casi lo mataran y ahora lo tenían encerrado y sin saber qué sería de él.

 

-          Pero si tuviera la oportunidad, dedicaría mi vida a que paguen por sus crímenes - ¿Qué otra cosa le quedaba a Carlos? La fantasía.

 

Prosiguió su búsqueda, iba tanteando la pared buscando más cosas escritas.

 

-          Toca y se te abrirá – decía la tercera inscripción

-          ¿Será tan fácil? – sonrió Carlos ante un pensamiento tan infantil.

 

Buscó la puerta y tocó 3 veces, la respuesta inicial fue el silencio; unos momentos después la puerta se abrió…

 

 

El hombre grande, Pep, tuvo temor de que al llegar al nuevo país con gente que no conocía le fueran a hacer la vida imposible; sin embargo, no fue así. Le dieron un trabajo que no le era desconocido, tenía que acompañar a otro hombre a cobrar dinero en distintas partes de la ciudad, su responsabilidad se limitaba a vigilar y en caso de que hubiera problemas proteger el dinero y, si se podía, a su acompañante. Sus jefes estuvieron complacidos y en pocas semanas ya estaba haciendo la labor principal.

 

En realidad, no extrañaba la ciudad donde había vivido desde niño, quizá extrañaba el sentirse el dueño de las calles en donde solía “trabajar”, pero este había sido un cambio positivo. Se hizo el propósito de no meterse en más problema y tratar que su padrino lo perdonara para poder regresar. Las semanas se convirtieron en meses y ya se estaba acostumbrando a una cómoda rutina.

 

Esa mañana el patrón (el jefe de todos sus compañeros y amigo personal de su padrino) lo mandó llamar.

 

-          Has trabajado muy bien, no has dado problemas y te has ganado la confianza de muchas personas de por aquí muchacho, incluso algunos dicen que eres de ley y que te fajas bien y bonito cuando es necesario.  – Le sorprendió a Pep que le llenaran con tanto elogio – tengo un favor especial que pedirte.

-          Usted dirá patrón – le dijo Pep usando la fórmula con la que los demás acostumbraban hablarle.

-          Yo sé que para un hombre de tu capacidad no va a ser difícil, pero tienes que saber que para esto que te voy a pedir hay que ser muy hombre – le dijo el Patrón con una sonrisa retadora, era obvio que lo estaba tratando de manipular de una forma muy vulgar.

-          Ya verá Patrón que soy tan hombre como el que más.

-          Así será muchacho.

 

El Patrón se había ganado el territorio mediante la violencia y sobre todo eliminando a todo aquel que le estorbara, también tenía fama de ser un hombre honrado, un hombre de Ley, que tenía amigos en todo el mundo (y en su caso se trataba en realidad en todo el mundo). Su padrino y el patrón tenían muchos años de hacer negocios juntos, sabían todo lo que se tenía que saber y acostumbraban intercambiarse favores. No era raro que el patrón lo hubiera aceptado sabiendo que en algún momento podía cobrar el favor y había llegado el momento.

 

-          Tenemos un problema, los primos se están volviendo un dolor de cabeza, eran gente de bien, gente en la que se podía confiar, pero se han vuelto arrogantes y creen que pueden tomar lo que sea.

-          Eso he escuchado – concedió Pep

-          Alguien debería enseñarles modales – sugirió el Patrón.

-          Y enseñarle a los demás

-          Tu si sabes muchacho, ya sabes qué hay que hacer.

-          Si Patrón, lo haré bien

-          Ya veremos qué más hay para ti cuando termines

-          Gracias Patrón – Pep estaba seguro de que no había nada que agradecer, que le acababan de regalar una sentencia de muerte.

 

Pep sabía que cada minuto que siguiera con vida era un extra, desde aquella conversación con su padrino sabía que tenía mucha suerte de tener la cabeza todavía en su lugar.

 

Matar a los primos era una misión suicida, no había otra opción que acercarse a ellos y descargarles la pistola lo más cerca posible, con la enorme posibilidad de le llenaran de balas antes de que pudiera hacer siquiera el segundo disparo. En realidad no importaba, lo estaban sacrificando y sabía que ese era el precio que el Patrón estaba cobrando por haberlo recibido.

 

-          A veces se es lobo, a veces pollito – pensó Pep - ¿Qué le vamos a hacer?

 

Tomó su mejor pistola, la limpió y se aseguró de que tuviera la carga completa; cualquier plan era tan bueno como otros. Así que sin pensar en lo que le podía pasar, salió de su cuarto con la chamarra en una mano y la pistola en la otra.

 

El camino al infierno había comenzado.

Continuará...

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