Pep llegó a casa de su padrino al día siguiente donde fue recibido como el hijo pródigo.
-
Lo hiciste bien, estamos
contentos de que estés aquí, Hubiera preferido que te quedaras allá a hacerte
cargo, pero no era el momento – le dijo el hombre al que tanto respetaba – ya
vendrán tiempos mejores para tomar lo que es nuestro.
Pep sabía a lo que se refería: aquellos
que mataron al Patrón iban a tomar el control de la plaza, hacer una limpia y
luego establecer sus reglas. Seguramente querrían pactar con su padrino (era el
hombre más poderoso de la región), pero tratarían de ir por su cuenta. Por su
parte, su protector aceptaría una tregua porque a nadie le conviene una guerra;
pero sabía muy bien (y por propia experiencia) que no iba a perdonar una traición
y en algún momento tomarían venganza.
Conservar la vida había sido una de las
mejores decisiones que había tomado, era casi una leyenda en la familia de
matones a la que pertenecía y además su padrino lo había tomado como su
favorito y estuvo trabajando de cerca con él. Por supuesto que era un
guardaespaldas, pero era también el hombre de confianza al que podía mandar a
tratar asuntos delicados.
Algo que había aprendido durante su
exilio es que el negocio estaba basado en la lealtad y la venganza, todos
quería ganar mucho dinero y lograr el respeto de los demás; lo que generaba
peleas, matanzas y luchas por el poder. El negocio era el que sufría, había que
pagar más a los policías y políticos que les ayudaban, vender más caro y todo
se volvía más complicado. Tendría que ser diferente.
-
Se puede cambiar – pensaba –
y se quién es el principal obstáculo.
Pep dedicó toda su energía en hacerse
indispensable, conocer a todos, aprender el negocio desde el peón que traficaba
en las calles y cómo las muchachas de la calle vendían sus servicios; trató a
los hombres poderosos y a los famosos, se hizo de un nombre respetable, era el
hombre que podía solucionar cualquier conflicto pero que nunca competía por ser
más poderoso que su Padrino.
Cuando llegaron los problemas Pep estaba
preparado. Sin que su Padrino se diera cuenta le había quitado los hilos del
negocio. Le hacía falta quitarlo, pero él no podía ser el ejecutor. Tejió la
trampa con mucho cuidado, le puso piedras en el camino a los que antes eran sus
hombres de confianza, pero siempre quedaba como el que era capaz de conciliar;
alimentó el odio entre los hombres violentos; y alimentó la avaricia de los
poderosos. Su secreto: tener las manos limpias.
La crisis llevó a los matones a casa de
su Padrino, por supuesto que Pep que sabía que así iba a pasar y prudentemente
se quedó al margen mientras hacían su trabajo. Cuando terminaron se presentaron
con él para dar por terminado el trabajo:
-
Está hecho – Le dijo a Pep
uno de los matones
-
Dios sabe que me duele, pero
era necesario – le contestó
Disparó dos veces y tomó a los hombres
por sorpresa, para evitar que alguno tuviera la tentación de hablar les vació
la pistola y regresó donde su padrino se desangraba y dio la voz de alarma.
-
Mi padrino fue asesinado –
Dijo a los guardias que acudieron a su llamado – afuera están los culpables.
Los hombres fueron y comprobaron que estaban
muertos.
-
Nuestro padrino ha muerto –
Dijo el guardaespaldas y se dirigió a Pep - ¿qué dispone el patrón?
Carlos se dio cuenta muy pronto que no
tenía a donde ir, regresar a su vida no era una opción porque tarde o temprano
lo volverían a encontrar, pensó que tenía la oportunidad de empezar de nuevo en
otra ciudad e incluso en otro país. Don Juan adivinó la duda en su cara:
-
¿Y por qué no te quedas aquí?
– Preguntó sin esperar una respuesta.
Carlos contestó con un movimiento de
hombros y siguió sentado en donde estaba. La vida de Carlos era triste, hacía
lo mejor que podía para ser útil y ayudar a ganar su comida, sus necesidades
eran mínimas. Don Juan tenía algunos cultivos y unos pocos animales, la casa
era humilde, lejos de todo y sobre todo mucho tiempo para cultivar su propia
desdicha.
Don Juan nunca le pidió que hiciera o
dijera algo, simplemente lo dejo seguir viviendo.
Las semanas se volvieron meses, la
sencilla rutina en la que se había vuelto su vida le estaba gustando.
-
Es hora de que te vayas – le
dijo una tarde Don Juan, Carlos levantó los hombros de la misma forma cuando
aceptó quedarse y fue por sus pocas posesiones.
-
Gracias por todo – Carlos
había aprendido a apreciar al hombre que lo rescatara
-
Antes de que salgas, bebe
conmigo – y le tendió un vaso que contenía un líquido claro: un té, pero no
podía identificar de qué hierba; el sabor era extraño, pero no desagradable.
Bebieron en silencio hasta que el líquido se
terminó y las últimas luces del día se apagaron. Carlos se levantó e intentó
regresar el amuleto que había estado en su cuello todo el tiempo
-
Ustedes ya son lo mismo,
algún día aprenderás a pulirla – le dijo al mismo tiempo que le detenía la mano
– No sabes qué estás buscando, pero lo que buscas te está buscando a ti en este
momento, la piedra te ayudará.
Y Carlos salió de la humilde casa.
Carlos estuvo caminando sin rumbo fijo,
no había decidido qué hacer con su vida así que tenía tiempo para reflexionar.
Estos meses de silencio le habían ayudado a tener paz en el alma y se sentía
mucho más ligero.
La luna iluminaba su camino y tocaba
decidir en dónde dormir. Había pensado en trabajar y juntar dinero para ir a
otra ciudad y volver a empezar.
La noche trae ruidos que pueden asustar a
cualquiera que no esté acostumbrado. Carlos había tenido oportunidad de
conocerlos, pero no estaba preparado para los que empezó a escuchar: todo
sonaba a peligro y su piel se puso en alerta.
Los ruidos se iban acercando y con horror
pudo distinguir que estaba en medio de una persecución, había sonidos de
personas corriendo. Se escondió detrás de un árbol esperando poder pasar
desapercibido. Se llenó de terror cuando escuchó muy cerca de él que alguien
estaba siendo golpeado. Salió de su escondite y se alejó lo más posible, los
pies de Carlos se mojaron cuando tocó el borde del lago - ¿De dónde había
salido un lago? – Escuchaba ahora gritos apagados de una mujer tratando de
defenderse, el pánico lo paralizó; cada uno de sus músculos estaba entumecido y
sólo sus ojos se movían en búsqueda del origen de la voz.
¿Qué debía hacer? Ser el héroe y salvar a la persona que estaba
siendo atacada, pero su cuerpo simplemente se negaba a obedecer. El frio del
agua, que le llegaba a los tobillos, ayudaba a incrementar la sensación de
parálisis en la que estaba.
Los gritos subían de volumen, lo peor que
podía pasar estaba pasando y Carlos seguía paralizado. El agua ya estaba cerca
de su cintura y no sabía cómo había llegado ahí ni por qué ahora estaba dentro
del lago. Tenía que salir de ahí, tenía que ayudar a la mujer que gritaba. Su
cuerpo seguía paralizado, respirar costaba trabajo. Hizo acopio de toda su
fuerza para mover las piernas y salir del agua, pero no se movió.
Un grito rasgó la noche y luego el
silencio volvió a reinar. Se sentía mojado y sucio; sucio porque no había sido
capaz de hacer nada por ayudar y ahora estaba en el agua que seguía subiendo y
el sin poder moverse. El silencio era doloroso, había hecho lo mismo que
aquella noche en donde perdió a Paula, había sido incapaz de defenderla, se
había paralizado y el agua estaba a punto de llegar a su cara. Lágrimas de
rabia y vergüenza salieron de sus ojos. Logró mover sus piernas, un paso
primero y luego otro. De pronto todo cambió y se vio arrastrado al centro del lago,
ya era incapaz de respirar y gritaba pidiendo ayuda, pero solo pudo tragar
agua.
-
No te rindas, no respires,
busca la superficie – pensaba Carlos
En la desesperación movía piernas y
brazos, un rugido salió de su pecho para expulsar el agua que ya lo estaba
ahogando y finalmente pudo sacar la cabeza para tomar una bendita bocanada de
aire que le supo al manjar más delicioso que nunca hubiera probado. Con
rodillas y manos tocó el piso seco y finalmente se desmayó.
Continuará…
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