domingo, 13 de marzo de 2022 0 comments

Capítulo 1 entrega 9

 


Pep llegó a casa de su padrino al día siguiente donde fue recibido como el hijo pródigo.

 

-          Lo hiciste bien, estamos contentos de que estés aquí, Hubiera preferido que te quedaras allá a hacerte cargo, pero no era el momento – le dijo el hombre al que tanto respetaba – ya vendrán tiempos mejores para tomar lo que es nuestro.

 

Pep sabía a lo que se refería: aquellos que mataron al Patrón iban a tomar el control de la plaza, hacer una limpia y luego establecer sus reglas. Seguramente querrían pactar con su padrino (era el hombre más poderoso de la región), pero tratarían de ir por su cuenta. Por su parte, su protector aceptaría una tregua porque a nadie le conviene una guerra; pero sabía muy bien (y por propia experiencia) que no iba a perdonar una traición y en algún momento tomarían venganza.

 

Conservar la vida había sido una de las mejores decisiones que había tomado, era casi una leyenda en la familia de matones a la que pertenecía y además su padrino lo había tomado como su favorito y estuvo trabajando de cerca con él. Por supuesto que era un guardaespaldas, pero era también el hombre de confianza al que podía mandar a tratar asuntos delicados.

 

Algo que había aprendido durante su exilio es que el negocio estaba basado en la lealtad y la venganza, todos quería ganar mucho dinero y lograr el respeto de los demás; lo que generaba peleas, matanzas y luchas por el poder. El negocio era el que sufría, había que pagar más a los policías y políticos que les ayudaban, vender más caro y todo se volvía más complicado. Tendría que ser diferente.

 

-          Se puede cambiar – pensaba – y se quién es el principal obstáculo.

 

Pep dedicó toda su energía en hacerse indispensable, conocer a todos, aprender el negocio desde el peón que traficaba en las calles y cómo las muchachas de la calle vendían sus servicios; trató a los hombres poderosos y a los famosos, se hizo de un nombre respetable, era el hombre que podía solucionar cualquier conflicto pero que nunca competía por ser más poderoso que su Padrino.

 

Cuando llegaron los problemas Pep estaba preparado. Sin que su Padrino se diera cuenta le había quitado los hilos del negocio. Le hacía falta quitarlo, pero él no podía ser el ejecutor. Tejió la trampa con mucho cuidado, le puso piedras en el camino a los que antes eran sus hombres de confianza, pero siempre quedaba como el que era capaz de conciliar; alimentó el odio entre los hombres violentos; y alimentó la avaricia de los poderosos. Su secreto: tener las manos limpias.

 

La crisis llevó a los matones a casa de su Padrino, por supuesto que Pep que sabía que así iba a pasar y prudentemente se quedó al margen mientras hacían su trabajo. Cuando terminaron se presentaron con él para dar por terminado el trabajo:

 

-          Está hecho – Le dijo a Pep uno de los matones

-          Dios sabe que me duele, pero era necesario – le contestó

 

Disparó dos veces y tomó a los hombres por sorpresa, para evitar que alguno tuviera la tentación de hablar les vació la pistola y regresó donde su padrino se desangraba y dio la voz de alarma.

 

-          Mi padrino fue asesinado – Dijo a los guardias que acudieron a su llamado – afuera están los culpables.

 

Los hombres fueron y comprobaron que estaban muertos.

 

-          Nuestro padrino ha muerto – Dijo el guardaespaldas y se dirigió a Pep - ¿qué dispone el patrón?

 

 

 

Carlos se dio cuenta muy pronto que no tenía a donde ir, regresar a su vida no era una opción porque tarde o temprano lo volverían a encontrar, pensó que tenía la oportunidad de empezar de nuevo en otra ciudad e incluso en otro país. Don Juan adivinó la duda en su cara:

 

-          ¿Y por qué no te quedas aquí? – Preguntó sin esperar una respuesta.

 

Carlos contestó con un movimiento de hombros y siguió sentado en donde estaba. La vida de Carlos era triste, hacía lo mejor que podía para ser útil y ayudar a ganar su comida, sus necesidades eran mínimas. Don Juan tenía algunos cultivos y unos pocos animales, la casa era humilde, lejos de todo y sobre todo mucho tiempo para cultivar su propia desdicha.

 

Don Juan nunca le pidió que hiciera o dijera algo, simplemente lo dejo seguir viviendo.

 

Las semanas se volvieron meses, la sencilla rutina en la que se había vuelto su vida le estaba gustando.

 

-          Es hora de que te vayas – le dijo una tarde Don Juan, Carlos levantó los hombros de la misma forma cuando aceptó quedarse y fue por sus pocas posesiones.

-          Gracias por todo – Carlos había aprendido a apreciar al hombre que lo rescatara

-          Antes de que salgas, bebe conmigo – y le tendió un vaso que contenía un líquido claro: un té, pero no podía identificar de qué hierba; el sabor era extraño, pero no desagradable.

 

 Bebieron en silencio hasta que el líquido se terminó y las últimas luces del día se apagaron. Carlos se levantó e intentó regresar el amuleto que había estado en su cuello todo el tiempo

 

-          Ustedes ya son lo mismo, algún día aprenderás a pulirla – le dijo al mismo tiempo que le detenía la mano – No sabes qué estás buscando, pero lo que buscas te está buscando a ti en este momento, la piedra te ayudará.

 

Y Carlos salió de la humilde casa.

 

Carlos estuvo caminando sin rumbo fijo, no había decidido qué hacer con su vida así que tenía tiempo para reflexionar. Estos meses de silencio le habían ayudado a tener paz en el alma y se sentía mucho más ligero.

 

La luna iluminaba su camino y tocaba decidir en dónde dormir. Había pensado en trabajar y juntar dinero para ir a otra ciudad y volver a empezar. 

 

La noche trae ruidos que pueden asustar a cualquiera que no esté acostumbrado. Carlos había tenido oportunidad de conocerlos, pero no estaba preparado para los que empezó a escuchar: todo sonaba a peligro y su piel se puso en alerta.

 

Los ruidos se iban acercando y con horror pudo distinguir que estaba en medio de una persecución, había sonidos de personas corriendo. Se escondió detrás de un árbol esperando poder pasar desapercibido. Se llenó de terror cuando escuchó muy cerca de él que alguien estaba siendo golpeado. Salió de su escondite y se alejó lo más posible, los pies de Carlos se mojaron cuando tocó el borde del lago - ¿De dónde había salido un lago? – Escuchaba ahora gritos apagados de una mujer tratando de defenderse, el pánico lo paralizó; cada uno de sus músculos estaba entumecido y sólo sus ojos se movían en búsqueda del origen de la voz.

 

¿Qué debía hacer?  Ser el héroe y salvar a la persona que estaba siendo atacada, pero su cuerpo simplemente se negaba a obedecer. El frio del agua, que le llegaba a los tobillos, ayudaba a incrementar la sensación de parálisis en la que estaba.

 

Los gritos subían de volumen, lo peor que podía pasar estaba pasando y Carlos seguía paralizado. El agua ya estaba cerca de su cintura y no sabía cómo había llegado ahí ni por qué ahora estaba dentro del lago. Tenía que salir de ahí, tenía que ayudar a la mujer que gritaba. Su cuerpo seguía paralizado, respirar costaba trabajo. Hizo acopio de toda su fuerza para mover las piernas y salir del agua, pero no se movió.

 

Un grito rasgó la noche y luego el silencio volvió a reinar. Se sentía mojado y sucio; sucio porque no había sido capaz de hacer nada por ayudar y ahora estaba en el agua que seguía subiendo y el sin poder moverse. El silencio era doloroso, había hecho lo mismo que aquella noche en donde perdió a Paula, había sido incapaz de defenderla, se había paralizado y el agua estaba a punto de llegar a su cara. Lágrimas de rabia y vergüenza salieron de sus ojos. Logró mover sus piernas, un paso primero y luego otro. De pronto todo cambió y se vio arrastrado al centro del lago, ya era incapaz de respirar y gritaba pidiendo ayuda, pero solo pudo tragar agua.

 

-          No te rindas, no respires, busca la superficie – pensaba Carlos

 

En la desesperación movía piernas y brazos, un rugido salió de su pecho para expulsar el agua que ya lo estaba ahogando y finalmente pudo sacar la cabeza para tomar una bendita bocanada de aire que le supo al manjar más delicioso que nunca hubiera probado. Con rodillas y manos tocó el piso seco y finalmente se desmayó.

 

Continuará…


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domingo, 6 de marzo de 2022 0 comments

Capítulo 1 entrega 8


Un hombre que sabe que pase lo que pase su destino es fatal pierde el miedo y acepta lo que está por pasar. Le dijeron en dónde estaban los primos, dos hombres rudos con los que había trabajado en un par de ocasiones y de quienes se sabía que habían sobrevivido a varios intentos de asesinato. ¿Por qué lo habían elegido a él? Muy simple, era alguien de quien se podía prescindir. 

 

El chofer del Patrón dejó a Pep en la puerta, le pidió que se quedara cerca que no tardaría; bajó del coche, caminó a la puerta y le dijo al guardia que el Patrón lo había mandado a platicar con los primos, lo dejaron pasar sin preguntar nada. Entró a la habitación amplia y decorada con muy mal gusto donde ellos acostumbraban atender sus negocios.

 

-          Hola primo – dijo el menor de los hombres como acostumbraba saludar a todos – ¿está bien el Patrón? ¿Qué necesita que hagamos por él?

 

Pep no se tomó la molestia de contestar, sacó el arma y disparó lo más rápido que pudo, un tiro a cada uno que evitó que sacaran sus armas, repitió la operación apuntando con más calma para asegurar que hubieran muerto. Buscó en la ropa del primo que había caído más cerca y tomó su arma, pelearía para salir con vida, aunque en realidad quería que el desenlace fuera rápido.

 

La balacera empezó tan pronto cruzó la puerta. ¿Suerte? ¿Habilidad? ¿Destino? Lo único que supo es que estaba de vuelta en el coche, el motor estaba encendido. Las balas sonaban atrás mientras el coche avanzaba a toda velocidad.

 

¿En cuánto tiempo les darían alcance? ¿Qué harían los hombres de los primos? Era obvio que había sido mandado por el Patrón y ahora con sus jefes muertos les convenía no enemistarse con el hombre más poderoso. Tenía la esperanza de que así lo pensaran los matones a los que acababa de sobrevivir.

 

Las calles pasaban muy rápido y tuvo la certeza de que había tenido razón. Su cuerpo finalmente se relajó y sintió la sensación del vómito en la garganta, pero lo pudo controlar.

 

-          Estás herido – Dijo el chofer

-          Pero no muerto – Contestó sin emoción Pep.

 

El chofer tocó el tablero del auto que activó el teléfono, le dijo a la máquina con quien quería hablar y cuando contestaron solo dijo:

 

-          Dile al doctor que lo necesitamos, vamos para allá.

 

Ese era un hombre práctico y servicial, estaba en buenas manos. Minutos después estaban en la casa de seguridad, bajó del auto con dificultad, pero sin necesitar la ayuda de nadie. El chofer lo guio a una habitación en donde había una cama y lo ayudó a acostarse. El médico llegó poco tiempo después.

 

-          ¿Eres alérgico? – hizo la pregunta de rigor el médico.

-          No – Fue toda la respuesta que dio Pep.

 

Y el médico se puso a hacer su trabajo.

 

Pep despertó cuando el médico ya se había ido, en la mesa que estaba junto a la mesa encontró unos botes de medicina y una hoja con las indicaciones para tomarlas.

 

La puerta de la habitación se abrió y entró el patrón, quizá su buena suerte ya se estaba acabando.

 

 

Don Juan, que así se llamaba el salvador de Carlos, le había dicho que podía quedarse en su casa mientras se recuperaba; para él no había diferencia, se encontraba en un estado de tristeza profunda y ya nada le importaba. Así que se dejó guiar hasta la humilde casa del anciano y permaneció en la cama que le ofreciera.

 

-          Me voy – le anunció Carlos una mañana

 

Por toda respuesta Don Juan levantó los hombros y siguió haciendo el desayuno.

 

-          Desayuna antes de irte – le dijo

-          No gracias – Carlos no quería ser grosero, pero no tenía ya nada que hacer ahí.

-          Tengo algo para ti – y el anciano buscó en el mueble que tenía junto y le dio un amuleto para colgar al cuello – cuando lo necesites, te va a proteger.

 

El colguijo no era más que una simple piedra con una cadena, la tomó y la guardó en el bolsillo del pantalón.

 

-          Ponla en tu cuello o la perderás.

 

Le hizo caso al hombre, más por agradecimiento que por estar convencido y salió de la casa y tan pronto como lo perdió de vista se lo volvió a quitar. No sabía en dónde estaba y la casa estaba rodeada de árboles, no le importaba hacia donde caminar así que simplemente empezó a mover los pies.

 

Pensaba en Paula y el odio que sentía por el hombre grande, cada vez estaba más enojado y empezó a gritar, desahogándose, insultando a Dios y a todos los que eran culpables de que esto le hubiera ocurrido a él.

 

El aire empezó a soplar.

 

Quería morir, pero también quería cobrar venganza.

-          pero si ya intentaste morir cobrando venganza – pensó.

 

El odio a si mismo creció y buscó entre los árboles algo que le pudiera ayudar a suicidarse

 

La fuerza del aire le hizo detenerse.

 

-          Así que sigues queriendo acabar conmigo – Grito Carlos a nadie – ven y acaba conmigo de una vez. Te odio, te odio, te odio.

 

El aire era cada vez más intenso.

 

Empezó a experimentar miedo cuando fue incapaz de sostenerse con los pies, buscó el apoyo de un árbol y sintió como el aire estaba a punto de arrancarlo.

 

-          Por Dios, ¿qué es esto?

 

Los árboles pequeños empezaron a volar en todas direcciones. Carlos se aferró al árbol que temblaba por la embestida del viento. El miedo se apoderó de Carlos.

 

-          Lo siento, lo siento, yo quería… Yo no quería… No pude protegerla, fue mi culpa – gruesas lágrimas salían de sus ojos para volar de inmediato por el viento.

 

El aire bajó de intensidad.

 

Carlos se tiró al piso buscando mantenerse agarrado del árbol, lloraba y sacaba todo el dolor que había acumulado.

 

-          Perdóname hija, no tuve la fuerza, no te volveré a fallar

 

El aire se detuvo

 

Carlos se quedó tirado en el piso agarrando el árbol y dejó que las lágrimas se secaran solas. Tardó varios minutos en volver a abrir los ojos, cuando lo hizo el bosque volvía a ser el mismo lugar tranquilo que antes.

 

 

 

El patrón había “premiado” a Pep con el territorio que había sido de los primos hasta ese momento. El premio incluía que estaba permanentemente amenazado por parte de la gente que había trabajado con ellos y que se sentían agraviados por su muerte. Cuando supo el premio que le había tocado le quedó muy claro que querían que estuviera muerto pronto, pero sería una muerte honrosa y su padrino podría estar tranquilo.

 

No tenía hombres de confianza, todos eran gente del Patrón y les tenía sin cuidado si seguía vivo.  Organizó lo mejor que pudo a los hombres, dándoles instrucciones muy claras, cuando los errores y las traiciones aparecieron empezó a ejecutar personalmente a los que consideraba más peligrosos; el patrón lo llamó a cuentas.

 

-          Dicen que estás haciendo una limpia.

-          Solo cuido sus intereses Patrón – le dijo con la mayor naturalidad posible

-          Ya sabes lo que dicen: el que a hierro mata a hierro muere

-          Esta es la vida que elegí, si me llega la mala hora será por estar haciendo lo que me pidieron, ni más ni menos – Pep hablaba sin emoción, parecía que el evento con los primos le había quitado las ganas de disfrutar la vida - ¿Tengo su permiso para limpiar la casa?

-          Solo ten cuidado de no quedarte solo – le contestó con una mueca en la cara – o como coladera.

 

Pep sabía muy bien que la estrategia del látigo y la zanahoria funcionaba muy bien (así lo había hecho en las épocas con su padrino), así que buscó que la gente que se quedaba con él ganara mucho dinero, la noticia se esparció rápidamente; también hablaban de los castigos ejemplares que daba a la menor falta, quien trabajaba con él sabía que su vida de lujo estaba siempre al filo de la navaja. El hombre grande sabía que no se podía permitir competir en fuerza o dinero con el Patrón, así que pudo disfrutar de una breve temporada de paz.

 

El día que mataron al Patrón Pep estaba trabajando en lo suyo, cuando recibió la noticia supo que muy pronto vendrían por él; tenía que tomar una decisión, quedarse y tratar de domar a la gente o regresar con su padrino. Decidió por esto último, tomó sus armas, las maletas con dinero y subió a su coche.

 

Pep cruzó la frontera poco después de que los matones llegaran a buscarlo a la casa que le había servido de refugio.

 

A veces se puede salir del infierno llevando sólo el perfume del diablo en la ropa.

 

Continuará…

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