El anciano era un hombre fuerte aun, lleno de arrugas y el poco pelo que tenía era blanco. En sus rasgos asomaban ancestros aztecas y en sus ojos la sabiduría de los siglos acumulados.
La ropa del hombre era sencilla, jalaba
la rienda de un caballo flaco y café que había tenido mejores tiempos. Ambos
caminaban por la parte baja de la barranca, habían recorrido muchas veces la
barranca en busca de plantas medicinales y con frecuencia se habían encontrado
con cosas extrañas, el cuerpo de Carlos era una de ellas, pero no porque fuera
la primera vez que aparecía un muerto ahí (un lugar donde terminaban las víctimas
de los delincuentes), sino porque a pesar de que lo habían lazado desde lo alto
de la barranca, aún estaba vivo.
Volteó a ver el terreno y encontró lo que
estaba buscando, un rellano en donde el caballo pudiera estar abajo y poder
arrastrar el cuerpo para subirlo al lomo del animal sin tener que cargarlo.
Arrastró el cuerpo de Carlos y luego puso al caballo en posición. Lo subió sin
demasiado esfuerzo y lo amarró con la cuerda que traía y así evitar que fuera a
caer y hacerse más daño (aunque quizá ya había recibido todo lo que podía
soportar).
-
Temo itik atlalkalpankayotl tlauelalilia namiki tepetlatia – repetía el hombre mientras caminaba al lado del caballo.
El trayecto fue corto y pronto entraron
en una cueva, la luz del día se iba transformando en oscuridad, pero tanto
hombre como animal habían recorrido el camino muchas veces, buscó entre su ropa
un encendedor y buscó en las paredes una antorcha que encendió tan pronto
acercó la llama a la tela que la cubría. Después de unos minutos de recorrido,
donde la cueva se había vuelto estrecha, ya habían descendido unos metros
respecto a la entrada, había un espacio semejante a una habitación. La entrada
estaba tapada con una vieja puerta de madera, detuvo al caballo y desamarró el
cuerpo de Carlos.
Lo bajó del caballo con cuidado de no
golpearlo demasiado y lo arrastró dentro de la habitación; ahí había una mesa y
una silla, distintos símbolos dibujados en la pared y no se sorprendió (porque
el mismo los había puesto ahí) de la presencia de cráneos y huesos humanos.
Encendió algunas velas que se encontraban
en la habitación y acomodó lo mejor que pudo a Carlos en un rincón, lo dejaría
solo un rato en lo que iba en búsqueda de algo de medicina y una cobija para
ayudar a que el cuerpo se recuperara. Apagó la vela, cerró la puerta y condujo
al caballo fuera de la cueva.
Regresó al cabo de unas horas con una
cobija, ungüentos y la medicina que le diera el chaman. Nada había cambiado en
el tiempo que tardó, Carlos seguía inconsciente pero vivo. Curó lo mejor que
pudo las heridas que tenía en todo el cuerpo, aplicó el ungüento y le hizo
beber la medicina. Volvió a dejar al hombre para que se curara.
El anciano regresó a la cueva las
siguientes 3 mañanas a comprobar que siguiera vivo, curar las heridas y
volverle a hacer tomar el brebaje que le prepararan. En la mañana del cuarto
día pudo ver que había ya una mejoría, satisfecho de su trabajo dejó una vela
prendida y cerró la puerta para que no pudiera abrirse desde adentro y se fue.
Regresó esa misma tarde, ya no entró en el cuarto y se sentó en el piso para
esperar con paciencia.
Carlos había despertado.
Continuará...
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