El entierro fue más sencillo que el funeral, Carlos pagó para que pusieran una placa en donde conservar la memoria de Paula y pidió que grabaran:
“La sombra no es para siempre, la luz triunfará”.
Estuvo en el panteón hasta que el cuidador le dijo que ya tenía que marcharse. La tarde estaba dejando paso a la noche y ya era hora de enfrentar su destino. Caminó durante mucho tiempo; el dolor, la ira y la culpa le dieron la energía para vagar sin rumbo. No se dio cuenta que sus pasos se dirigieron al lugar en donde los emboscaron aquellos tres hombres y se sorprendió encontrarse parado nuevamente ahí. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Una semana? ¿Dos? ¿Tres? En realidad no importaba, ella ya no estaba y le parecía una broma de su mente haber llegado sin pensar al lugar en donde había perdido lo que más amaba.
El llanto llego sin avisar y dejó que el
dolor saliera por sus ojos. Ahí estaba de vuelta recordando todo lo que había
pasado en ese tiempo; se sintió más impotente y vulnerable que nunca. Sintió
mucho frio, por instinto volteo a ver como si pudiera preguntar a la noche por
qué había bajado la temperatura, su sangre se congeló dentro de sus venas:
-
Mira lo que nos ha traído la
noche – dijo una voz que recordaba bien – ya es muy tarde para que los pollitos
salgan, se los puede comer el lobo.
La mente de Carlos le mostro muchas
imágenes en fracciones de segundos: a Paula, sus gritos, los golpes, la morgue,
el panteón.
-
Tú la mataste malnacido –
encaró al hombre grande
-
Ja Ja Ja, miren, los pollitos
a veces salen respondones – le dijo el hombre grande a sus acompañantes que
habían salido de las sombras.
Se lanzó a golpear al hombre, quería
matarlo y estaba dispuesto a todo para lograr su venganza. La batalla duró muy
poco, alcanzó a conectar algunos golpes que no hicieron mayor daño en el hombre
grande y uno de sus acompañantes lo derrumbó con una patada en la entrepierna,
el dolor lo hizo caer y retorcerse.
-
Ya me acordé quien es – Dijo
el hombre grande – es el papá de la pollita que nos comimos el otro día, yo
creo que es mejor que solucionemos este asunto, hay que cortarles la cabeza a
los pollitos respondones, luego se hacen gallos de pelea.
Los acompañantes del hombre grande le
hicieron levantarse y lo subieron a una camioneta, cada que intentaba escapara
Carlos recibía más golpes, sangraba por varias partes de la cara y la cabeza,
el dolor del cuerpo era intenso y aun así seguía tratando de lanzar golpes y
mordidas, pero la respuesta eran más golpes.
El hombre grande condujo un rato, Carlos
no tenía forma de saber a dónde lo llevaban, la lluvia de golpes era
intermitente.
-
No lo vayan a matar, no
quiero que ensucie el coche, esperen a que lleguemos a la barranca.
Dejaron de golpearlo, pero Carlos ya
estaba semiinconsciente, los ojos se habían hinchado y no los podía abrir, la
boca era una masa informe incapaz de articular palabras, hacía rato que había
dejado de lanzar golpes probablemente porque ya tenía varios huesos rotos.
-
Bájenlo – ordenó el hombre
grande
-
Está desmayado – dijo uno de los acompañantes
-
Despiértalo
Lo arrastraron para bajarlo de la
camioneta y ya en el suelo lo volvieron a patear hasta que un rastro de vida se
asomó en la cara de Carlos.
-
¿Sabes lo que le pasa a los
pollitos curiosos? – Le dijo el hombre grande – que encuentran lo que andan
buscando.
-
Cuéntale lo que hicimos con
la muchacha – dijo el otro de los acompañantes – seguro que le va a gustar la
historia.
-
¿Quieres saber lo que le
hicimos a tu hija? La trajimos aquí mismo y nos divertimos un buen rato, mira
que tenías una hija fuerte: peleó como una campeona durante mucho tiempo, pero
como todas al final terminan por darse por vencidas.
-
Malditos – Lanzó un gruñido
Carlos que no se podía entender.
-
¿Qué dijiste? ¿Nos estás
insultando? – y el hombre grande lo volvió a patear – venga muchachos, vamos a
terminar con esto que aún tenemos que trabajo que hacer.
Carlos ya estaba más muerto que vivo, no
sintió los golpes y patadas que recibió, ni sintió como lo arrastraron al borde
de la barranca en donde una piedra hacía las veces de mirador.
-
Me saludas a tu hija y le
dices que pienso en ella – Dijo el hombre grande y con el pie empujó a Carlos
hasta que su cuerpo estuvo al borde de la roca – Esto es lo que les pasa a los
pollitos que salen respondones.
El hombre grande dio un último empujón y
Carlos empezó a caer.
Continuará...
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