Matar a un hombre no era extraño para el hombre grande ni para sus amigos. Lo habían hecho en muchas ocasiones: para defenderse, porque se los habían ordenado o simplemente como diversión; salvo la primera vez, todas las demás estaban libres de emoción, sólo cuando tenía que pelear por no perder la vida, no sentía nada al jalar el gatillo, usar el cuchillo o arrojar a alguien a un barranco; esa parte de su humanidad ya había quedado atrás.
A la mañana siguiente de que arrojaran el
cuerpo de Carlos, el hombre grande recibió un mensaje en su teléfono: “Ven”.
Era de su padrino, el hombre que lo había rescatado de la miseria donde había
nacido y le había enseñado todo lo que sabía. Le debía respeto y miedo, a veces
le tenía cariño, pero eran más las veces que sentía miedo; esta era una de
ellas. Nunca lo llamaba tan temprano, debía ser algo importante. Sabía que no
debía hacerlo esperar y en menos de una hora estaba en la casa de seguridad
donde sabía que se encontraría.
- Pasa Pep – Le dijo el padrino usando el
apodo con el que los demás le llamaban -
La vida te dio la oportunidad de ser
alguien y tú la tiras a la basura, ya te había dicho que tienes que tomarte
esto en serio y no andar haciendo cosas que nos pongan en riesgo, mira que
matar a la muchacha.
El padrino sabía todo lo que pasaba en la
ciudad, era su dueño y tenía informantes en todas partes.
-
Si, ya me dijeron que la
mataste después de haber jugado con ella – el rostro del padrino no expresaba
ninguna emoción y eso sólo podía significar que estaba muy enojado - ¿Fue idea
tuya o de los inútiles amigos con los que andas?
-
Pero es que yo – Pep estaba
acobardado – yo no quería…
-
Pero igual lo hiciste, esta
familia depende de que nos cuidemos unos a otros– Le dijo y cada una de sus
palabras pronunciadas con calma lo hicieron temblar – La policía sabe que
fuiste tú, hay gente que quiere vernos caer y les das las armas ¿Qué ganaste
con esto? Nada, te arriesgaste por un momento de diversión.
-
Pero es que yo … - la voz de
Pep estaba quebrada
-
Sigues siendo un niño que
corre buscando sus juguetes, estoy decepcionado – Le escupió estas últimas
palabras – estás fuera.
Estas fuera… ¿significaba eso que lo
mandaría matar? Pero ¿Para qué mandarlo llamar si así fuera? Su padrino tenía
muchos matones que con gusto lo hubieran mandado al otro lado. No podía creer
que simplemente lo dejaran fuera, sabía que sólo había una forma de salir y era
con un pase al panteón.
-
Tome una decisión y no vayas
a hacer que lo lamente – le dijo con el mismo tono de voz lleno de calma que
provocaba temor – te vas a ir con los amigos de Texas. Vas a ser su ayudante:
si te piden que brinques, brincas; si te piden que te hinques, te hincas. ¿Está
claro? Ya hablé con ellos y te está esperando una bienvenida a la altura de lo
que acabas de hacer.
-
¿Puedo regresar?
-
No, te dije que estabas fuera
– le respondió el jefe criminal de la ciudad levantando la ceja derecha – pero
podrás seguir vivo.
Sabía que había agotado la paciencia del
hombre más poderoso que había conocido. Su vida había terminado como estaba
acostumbrado y no estaba seguro de que seguir vivo fuera una buena noticia.
-
¿Mis amigos?
-
Ya no serán un problema – le
contestó al mismo tiempo que usaba el teléfono que había permanecido junto a su
mano derecha y hablo con alguien – ya puedes venir.
Casi de inmediato entró uno de los
guardianes de su padrino, le apodaban piedra y el mote se lo había ganado a
pulso, todo aquel que lo enfrentó terminó aplastado; era un hombre reservado y
cruel.
-
Gracias padrino, lo siento
mucho – Dijo Pep como despedida.
-
Ya vete – fue la única
respuesta que obtuvo.
No se atrevió a preguntar por sus cosas,
se dejó guiar por la piedra y pronto estuvieron en un coche.
La policía encontró esa misma tarde los
cuerpos de los dos hombres que a habían ayudado a matar a la muchacha, los
errores se pagaban caro en esa organización.
Entre que Carlos despertó y cobrara
conciencia pasó mucho tiempo; su mente estaba desorientada. El primer
pensamiento del que tuvo conciencia fue la pregunta de si estaría muerto, todo
era oscuro salvo una vela que apenas permitía ver algo; olía a humedad y encierro,
pero no era desagradable. Pasó un buen rato y percibió un dolor indefinido en
todo el cuerpo. Después de pensarlo decidió que no estaba muerto, con
dificultad se levantó y fue a la mesa en donde descansaba la vela, la tomó y
recorrió la habitación, era muy pequeña. Más ayudado con el tacto que con los
ojos, encontró la puerta y comprobó que estaba cerrada y no podía abrirla; era
un prisionero entonces.
¿Cuál era su situación? Recordó los
eventos antes de la golpiza y maldijo seguir vivo, su situación había
empeorado, su hija seguí muerta y él ahora era prisionero. No entendía por qué,
no tenía dinero para pensar en que alguien buscara cobrar un rescate, no tenía
amigos o familia que pagaran por liberarlo; la única opción que se le ocurrió
es que se estaban vengando por el intento de ataque, aunque también parecía
algo absurdo, era más sencillo que lo hubieran dejado morir.
Buscó la mesa y regresó la vela a su
lugar.
-
Busca y encontrarás – La luz
reflejó esas palabras escritas en la pared cerca de donde puso la vela.
-
Alguien estuvo encerrado
antes que yo aquí – pensó Carlos.
Se dirigió al lugar en donde había estado
acostado y pensó que no tenía nada que hacer, ¿Su antecesor habría hecho otros
escritos? Volvió a tomar la vela y recorrió las paredes en busca de más
escritos.
-
Si tuvieras otra oportunidad
¿Qué le darías al mundo? – decía la inscripción
-
Venganza – fue el primer
pensamiento que llegó a su mente – Alguien debería ponerles un alto a los
criminales.
De inmediato se sintió mal consigo mismo,
no había sido capaz de hacerles daño, sólo había conseguido que casi lo mataran
y ahora lo tenían encerrado y sin saber qué sería de él.
-
Pero si tuviera la
oportunidad, dedicaría mi vida a que paguen por sus crímenes - ¿Qué otra cosa
le quedaba a Carlos? La fantasía.
Prosiguió su búsqueda, iba tanteando la
pared buscando más cosas escritas.
-
Toca y se te abrirá – decía
la tercera inscripción
-
¿Será tan fácil? – sonrió
Carlos ante un pensamiento tan infantil.
Buscó la puerta y tocó 3 veces, la
respuesta inicial fue el silencio; unos momentos después la puerta se abrió…
El hombre grande, Pep, tuvo temor de que
al llegar al nuevo país con gente que no conocía le fueran a hacer la vida
imposible; sin embargo, no fue así. Le dieron un trabajo que no le era
desconocido, tenía que acompañar a otro hombre a cobrar dinero en distintas
partes de la ciudad, su responsabilidad se limitaba a vigilar y en caso de que
hubiera problemas proteger el dinero y, si se podía, a su acompañante. Sus
jefes estuvieron complacidos y en pocas semanas ya estaba haciendo la labor
principal.
En realidad, no extrañaba la ciudad donde
había vivido desde niño, quizá extrañaba el sentirse el dueño de las calles en
donde solía “trabajar”, pero este había sido un cambio positivo. Se hizo el
propósito de no meterse en más problema y tratar que su padrino lo perdonara
para poder regresar. Las semanas se convirtieron en meses y ya se estaba
acostumbrando a una cómoda rutina.
Esa mañana el patrón (el jefe de todos
sus compañeros y amigo personal de su padrino) lo mandó llamar.
-
Has trabajado muy bien, no
has dado problemas y te has ganado la confianza de muchas personas de por aquí
muchacho, incluso algunos dicen que eres de ley y que te fajas bien y bonito
cuando es necesario. – Le sorprendió a
Pep que le llenaran con tanto elogio – tengo un favor especial que pedirte.
-
Usted dirá patrón – le dijo
Pep usando la fórmula con la que los demás acostumbraban hablarle.
-
Yo sé que para un hombre de
tu capacidad no va a ser difícil, pero tienes que saber que para esto que te
voy a pedir hay que ser muy hombre – le dijo el Patrón con una sonrisa retadora,
era obvio que lo estaba tratando de manipular de una forma muy vulgar.
-
Ya verá Patrón que soy tan
hombre como el que más.
-
Así será muchacho.
El Patrón se había ganado el territorio
mediante la violencia y sobre todo eliminando a todo aquel que le estorbara,
también tenía fama de ser un hombre honrado, un hombre de Ley, que tenía amigos
en todo el mundo (y en su caso se trataba en realidad en todo el mundo). Su padrino
y el patrón tenían muchos años de hacer negocios juntos, sabían todo lo que se
tenía que saber y acostumbraban intercambiarse favores. No era raro que el
patrón lo hubiera aceptado sabiendo que en algún momento podía cobrar el favor
y había llegado el momento.
-
Tenemos un problema, los
primos se están volviendo un dolor de cabeza, eran gente de bien, gente en la
que se podía confiar, pero se han vuelto arrogantes y creen que pueden tomar lo
que sea.
-
Eso he escuchado – concedió
Pep
-
Alguien debería enseñarles
modales – sugirió el Patrón.
-
Y enseñarle a los demás
-
Tu si sabes muchacho, ya
sabes qué hay que hacer.
-
Si Patrón, lo haré bien
-
Ya veremos qué más hay para
ti cuando termines
-
Gracias Patrón – Pep estaba
seguro de que no había nada que agradecer, que le acababan de regalar una
sentencia de muerte.
Pep sabía que cada minuto que siguiera
con vida era un extra, desde aquella conversación con su padrino sabía que
tenía mucha suerte de tener la cabeza todavía en su lugar.
Matar a los primos era una misión
suicida, no había otra opción que acercarse a ellos y descargarles la pistola
lo más cerca posible, con la enorme posibilidad de le llenaran de balas antes
de que pudiera hacer siquiera el segundo disparo. En realidad no importaba, lo
estaban sacrificando y sabía que ese era el precio que el Patrón estaba
cobrando por haberlo recibido.
-
A veces se es lobo, a veces
pollito – pensó Pep - ¿Qué le vamos a hacer?
Tomó su mejor pistola, la limpió y se
aseguró de que tuviera la carga completa; cualquier plan era tan bueno como
otros. Así que sin pensar en lo que le podía pasar, salió de su cuarto con la
chamarra en una mano y la pistola en la otra.
El camino al infierno había comenzado.
Continuará...
¿Quieres leer desde la primer entrega? Aquí empieza la historia: https://novelalasombra.blogspot.com/2021/12/capitulo-1-entrega-1.htm

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