domingo, 6 de marzo de 2022

Capítulo 1 entrega 8


Un hombre que sabe que pase lo que pase su destino es fatal pierde el miedo y acepta lo que está por pasar. Le dijeron en dónde estaban los primos, dos hombres rudos con los que había trabajado en un par de ocasiones y de quienes se sabía que habían sobrevivido a varios intentos de asesinato. ¿Por qué lo habían elegido a él? Muy simple, era alguien de quien se podía prescindir. 

 

El chofer del Patrón dejó a Pep en la puerta, le pidió que se quedara cerca que no tardaría; bajó del coche, caminó a la puerta y le dijo al guardia que el Patrón lo había mandado a platicar con los primos, lo dejaron pasar sin preguntar nada. Entró a la habitación amplia y decorada con muy mal gusto donde ellos acostumbraban atender sus negocios.

 

-          Hola primo – dijo el menor de los hombres como acostumbraba saludar a todos – ¿está bien el Patrón? ¿Qué necesita que hagamos por él?

 

Pep no se tomó la molestia de contestar, sacó el arma y disparó lo más rápido que pudo, un tiro a cada uno que evitó que sacaran sus armas, repitió la operación apuntando con más calma para asegurar que hubieran muerto. Buscó en la ropa del primo que había caído más cerca y tomó su arma, pelearía para salir con vida, aunque en realidad quería que el desenlace fuera rápido.

 

La balacera empezó tan pronto cruzó la puerta. ¿Suerte? ¿Habilidad? ¿Destino? Lo único que supo es que estaba de vuelta en el coche, el motor estaba encendido. Las balas sonaban atrás mientras el coche avanzaba a toda velocidad.

 

¿En cuánto tiempo les darían alcance? ¿Qué harían los hombres de los primos? Era obvio que había sido mandado por el Patrón y ahora con sus jefes muertos les convenía no enemistarse con el hombre más poderoso. Tenía la esperanza de que así lo pensaran los matones a los que acababa de sobrevivir.

 

Las calles pasaban muy rápido y tuvo la certeza de que había tenido razón. Su cuerpo finalmente se relajó y sintió la sensación del vómito en la garganta, pero lo pudo controlar.

 

-          Estás herido – Dijo el chofer

-          Pero no muerto – Contestó sin emoción Pep.

 

El chofer tocó el tablero del auto que activó el teléfono, le dijo a la máquina con quien quería hablar y cuando contestaron solo dijo:

 

-          Dile al doctor que lo necesitamos, vamos para allá.

 

Ese era un hombre práctico y servicial, estaba en buenas manos. Minutos después estaban en la casa de seguridad, bajó del auto con dificultad, pero sin necesitar la ayuda de nadie. El chofer lo guio a una habitación en donde había una cama y lo ayudó a acostarse. El médico llegó poco tiempo después.

 

-          ¿Eres alérgico? – hizo la pregunta de rigor el médico.

-          No – Fue toda la respuesta que dio Pep.

 

Y el médico se puso a hacer su trabajo.

 

Pep despertó cuando el médico ya se había ido, en la mesa que estaba junto a la mesa encontró unos botes de medicina y una hoja con las indicaciones para tomarlas.

 

La puerta de la habitación se abrió y entró el patrón, quizá su buena suerte ya se estaba acabando.

 

 

Don Juan, que así se llamaba el salvador de Carlos, le había dicho que podía quedarse en su casa mientras se recuperaba; para él no había diferencia, se encontraba en un estado de tristeza profunda y ya nada le importaba. Así que se dejó guiar hasta la humilde casa del anciano y permaneció en la cama que le ofreciera.

 

-          Me voy – le anunció Carlos una mañana

 

Por toda respuesta Don Juan levantó los hombros y siguió haciendo el desayuno.

 

-          Desayuna antes de irte – le dijo

-          No gracias – Carlos no quería ser grosero, pero no tenía ya nada que hacer ahí.

-          Tengo algo para ti – y el anciano buscó en el mueble que tenía junto y le dio un amuleto para colgar al cuello – cuando lo necesites, te va a proteger.

 

El colguijo no era más que una simple piedra con una cadena, la tomó y la guardó en el bolsillo del pantalón.

 

-          Ponla en tu cuello o la perderás.

 

Le hizo caso al hombre, más por agradecimiento que por estar convencido y salió de la casa y tan pronto como lo perdió de vista se lo volvió a quitar. No sabía en dónde estaba y la casa estaba rodeada de árboles, no le importaba hacia donde caminar así que simplemente empezó a mover los pies.

 

Pensaba en Paula y el odio que sentía por el hombre grande, cada vez estaba más enojado y empezó a gritar, desahogándose, insultando a Dios y a todos los que eran culpables de que esto le hubiera ocurrido a él.

 

El aire empezó a soplar.

 

Quería morir, pero también quería cobrar venganza.

-          pero si ya intentaste morir cobrando venganza – pensó.

 

El odio a si mismo creció y buscó entre los árboles algo que le pudiera ayudar a suicidarse

 

La fuerza del aire le hizo detenerse.

 

-          Así que sigues queriendo acabar conmigo – Grito Carlos a nadie – ven y acaba conmigo de una vez. Te odio, te odio, te odio.

 

El aire era cada vez más intenso.

 

Empezó a experimentar miedo cuando fue incapaz de sostenerse con los pies, buscó el apoyo de un árbol y sintió como el aire estaba a punto de arrancarlo.

 

-          Por Dios, ¿qué es esto?

 

Los árboles pequeños empezaron a volar en todas direcciones. Carlos se aferró al árbol que temblaba por la embestida del viento. El miedo se apoderó de Carlos.

 

-          Lo siento, lo siento, yo quería… Yo no quería… No pude protegerla, fue mi culpa – gruesas lágrimas salían de sus ojos para volar de inmediato por el viento.

 

El aire bajó de intensidad.

 

Carlos se tiró al piso buscando mantenerse agarrado del árbol, lloraba y sacaba todo el dolor que había acumulado.

 

-          Perdóname hija, no tuve la fuerza, no te volveré a fallar

 

El aire se detuvo

 

Carlos se quedó tirado en el piso agarrando el árbol y dejó que las lágrimas se secaran solas. Tardó varios minutos en volver a abrir los ojos, cuando lo hizo el bosque volvía a ser el mismo lugar tranquilo que antes.

 

 

 

El patrón había “premiado” a Pep con el territorio que había sido de los primos hasta ese momento. El premio incluía que estaba permanentemente amenazado por parte de la gente que había trabajado con ellos y que se sentían agraviados por su muerte. Cuando supo el premio que le había tocado le quedó muy claro que querían que estuviera muerto pronto, pero sería una muerte honrosa y su padrino podría estar tranquilo.

 

No tenía hombres de confianza, todos eran gente del Patrón y les tenía sin cuidado si seguía vivo.  Organizó lo mejor que pudo a los hombres, dándoles instrucciones muy claras, cuando los errores y las traiciones aparecieron empezó a ejecutar personalmente a los que consideraba más peligrosos; el patrón lo llamó a cuentas.

 

-          Dicen que estás haciendo una limpia.

-          Solo cuido sus intereses Patrón – le dijo con la mayor naturalidad posible

-          Ya sabes lo que dicen: el que a hierro mata a hierro muere

-          Esta es la vida que elegí, si me llega la mala hora será por estar haciendo lo que me pidieron, ni más ni menos – Pep hablaba sin emoción, parecía que el evento con los primos le había quitado las ganas de disfrutar la vida - ¿Tengo su permiso para limpiar la casa?

-          Solo ten cuidado de no quedarte solo – le contestó con una mueca en la cara – o como coladera.

 

Pep sabía muy bien que la estrategia del látigo y la zanahoria funcionaba muy bien (así lo había hecho en las épocas con su padrino), así que buscó que la gente que se quedaba con él ganara mucho dinero, la noticia se esparció rápidamente; también hablaban de los castigos ejemplares que daba a la menor falta, quien trabajaba con él sabía que su vida de lujo estaba siempre al filo de la navaja. El hombre grande sabía que no se podía permitir competir en fuerza o dinero con el Patrón, así que pudo disfrutar de una breve temporada de paz.

 

El día que mataron al Patrón Pep estaba trabajando en lo suyo, cuando recibió la noticia supo que muy pronto vendrían por él; tenía que tomar una decisión, quedarse y tratar de domar a la gente o regresar con su padrino. Decidió por esto último, tomó sus armas, las maletas con dinero y subió a su coche.

 

Pep cruzó la frontera poco después de que los matones llegaran a buscarlo a la casa que le había servido de refugio.

 

A veces se puede salir del infierno llevando sólo el perfume del diablo en la ropa.

 

Continuará…

¿Quieres leer desde la primer entrega? Aquí empieza la historia: https://novelalasombra.blogspot.com/2021/12/capitulo-1-entrega-1.htm

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