El chofer del Patrón dejó a Pep en la
puerta, le pidió que se quedara cerca que no tardaría; bajó del coche, caminó a
la puerta y le dijo al guardia que el Patrón lo había mandado a platicar con
los primos, lo dejaron pasar sin preguntar nada. Entró a la habitación amplia y
decorada con muy mal gusto donde ellos acostumbraban atender sus negocios.
-
Hola primo – dijo el menor de
los hombres como acostumbraba saludar a todos – ¿está bien el Patrón? ¿Qué
necesita que hagamos por él?
Pep no se tomó la molestia de contestar,
sacó el arma y disparó lo más rápido que pudo, un tiro a cada uno que evitó que
sacaran sus armas, repitió la operación apuntando con más calma para asegurar
que hubieran muerto. Buscó en la ropa del primo que había caído más cerca y
tomó su arma, pelearía para salir con vida, aunque en realidad quería que el
desenlace fuera rápido.
La balacera empezó tan pronto cruzó la
puerta. ¿Suerte? ¿Habilidad? ¿Destino? Lo único que supo es que estaba de
vuelta en el coche, el motor estaba encendido. Las balas sonaban atrás mientras
el coche avanzaba a toda velocidad.
¿En cuánto tiempo les darían alcance? ¿Qué
harían los hombres de los primos? Era obvio que había sido mandado por el
Patrón y ahora con sus jefes muertos les convenía no enemistarse con el hombre
más poderoso. Tenía la esperanza de que así lo pensaran los matones a los que
acababa de sobrevivir.
Las calles pasaban muy rápido y tuvo la
certeza de que había tenido razón. Su cuerpo finalmente se relajó y sintió la
sensación del vómito en la garganta, pero lo pudo controlar.
-
Estás herido – Dijo el chofer
-
Pero no muerto – Contestó sin
emoción Pep.
El chofer tocó el tablero del auto que
activó el teléfono, le dijo a la máquina con quien quería hablar y cuando
contestaron solo dijo:
-
Dile al doctor que lo
necesitamos, vamos para allá.
Ese era un hombre práctico y servicial,
estaba en buenas manos. Minutos después estaban en la casa de seguridad, bajó
del auto con dificultad, pero sin necesitar la ayuda de nadie. El chofer lo guio
a una habitación en donde había una cama y lo ayudó a acostarse. El médico
llegó poco tiempo después.
-
¿Eres alérgico? – hizo la
pregunta de rigor el médico.
-
No – Fue toda la respuesta
que dio Pep.
Y el médico se puso a hacer su trabajo.
Pep despertó cuando el médico ya se había
ido, en la mesa que estaba junto a la mesa encontró unos botes de medicina y
una hoja con las indicaciones para tomarlas.
La puerta de la habitación se abrió y
entró el patrón, quizá su buena suerte ya se estaba acabando.
Don Juan, que así se llamaba el salvador
de Carlos, le había dicho que podía quedarse en su casa mientras se recuperaba;
para él no había diferencia, se encontraba en un estado de tristeza profunda y
ya nada le importaba. Así que se dejó guiar hasta la humilde casa del anciano y
permaneció en la cama que le ofreciera.
-
Me voy – le anunció Carlos
una mañana
Por toda respuesta Don Juan levantó los
hombros y siguió haciendo el desayuno.
-
Desayuna antes de irte – le
dijo
-
No gracias – Carlos no quería
ser grosero, pero no tenía ya nada que hacer ahí.
-
Tengo algo para ti – y el
anciano buscó en el mueble que tenía junto y le dio un amuleto para colgar al
cuello – cuando lo necesites, te va a proteger.
El colguijo no era más que una simple
piedra con una cadena, la tomó y la guardó en el bolsillo del pantalón.
-
Ponla en tu cuello o la
perderás.
Le hizo caso al hombre, más por
agradecimiento que por estar convencido y salió de la casa y tan pronto como lo
perdió de vista se lo volvió a quitar. No sabía en dónde estaba y la casa
estaba rodeada de árboles, no le importaba hacia donde caminar así que
simplemente empezó a mover los pies.
Pensaba en Paula y el odio que sentía por
el hombre grande, cada vez estaba más enojado y empezó a gritar, desahogándose,
insultando a Dios y a todos los que eran culpables de que esto le hubiera
ocurrido a él.
El aire empezó a soplar.
Quería morir, pero también quería cobrar
venganza.
-
pero si ya intentaste morir
cobrando venganza – pensó.
El odio a si mismo creció y buscó entre
los árboles algo que le pudiera ayudar a suicidarse
La fuerza del aire le hizo detenerse.
-
Así que sigues queriendo acabar
conmigo – Grito Carlos a nadie – ven y acaba conmigo de una vez. Te odio, te
odio, te odio.
El aire era cada vez más intenso.
Empezó a experimentar miedo cuando fue
incapaz de sostenerse con los pies, buscó el apoyo de un árbol y sintió como el
aire estaba a punto de arrancarlo.
-
Por Dios, ¿qué es esto?
Los árboles pequeños empezaron a volar en
todas direcciones. Carlos se aferró al árbol que temblaba por la embestida del
viento. El miedo se apoderó de Carlos.
-
Lo siento, lo siento, yo
quería… Yo no quería… No pude protegerla, fue mi culpa – gruesas lágrimas
salían de sus ojos para volar de inmediato por el viento.
El aire bajó de intensidad.
Carlos se tiró al piso buscando
mantenerse agarrado del árbol, lloraba y sacaba todo el dolor que había
acumulado.
-
Perdóname hija, no tuve la
fuerza, no te volveré a fallar
El aire se detuvo
Carlos se quedó tirado en el piso
agarrando el árbol y dejó que las lágrimas se secaran solas. Tardó varios
minutos en volver a abrir los ojos, cuando lo hizo el bosque volvía a ser el
mismo lugar tranquilo que antes.
El patrón había “premiado” a Pep con el
territorio que había sido de los primos hasta ese momento. El premio incluía
que estaba permanentemente amenazado por parte de la gente que había trabajado
con ellos y que se sentían agraviados por su muerte. Cuando supo el premio que
le había tocado le quedó muy claro que querían que estuviera muerto pronto,
pero sería una muerte honrosa y su padrino podría estar tranquilo.
No tenía hombres de confianza, todos eran
gente del Patrón y les tenía sin cuidado si seguía vivo. Organizó lo mejor que pudo a los hombres,
dándoles instrucciones muy claras, cuando los errores y las traiciones
aparecieron empezó a ejecutar personalmente a los que consideraba más
peligrosos; el patrón lo llamó a cuentas.
-
Dicen que estás haciendo una
limpia.
-
Solo cuido sus intereses
Patrón – le dijo con la mayor naturalidad posible
-
Ya sabes lo que dicen: el que
a hierro mata a hierro muere
-
Esta es la vida que elegí, si
me llega la mala hora será por estar haciendo lo que me pidieron, ni más ni
menos – Pep hablaba sin emoción, parecía que el evento con los primos le había
quitado las ganas de disfrutar la vida - ¿Tengo su permiso para limpiar la
casa?
-
Solo ten cuidado de no
quedarte solo – le contestó con una mueca en la cara – o como coladera.
Pep sabía muy bien que la estrategia del
látigo y la zanahoria funcionaba muy bien (así lo había hecho en las épocas con
su padrino), así que buscó que la gente que se quedaba con él ganara mucho
dinero, la noticia se esparció rápidamente; también hablaban de los castigos
ejemplares que daba a la menor falta, quien trabajaba con él sabía que su vida
de lujo estaba siempre al filo de la navaja. El hombre grande sabía que no se
podía permitir competir en fuerza o dinero con el Patrón, así que pudo disfrutar
de una breve temporada de paz.
El día que mataron al Patrón Pep estaba
trabajando en lo suyo, cuando recibió la noticia supo que muy pronto vendrían
por él; tenía que tomar una decisión, quedarse y tratar de domar a la gente o
regresar con su padrino. Decidió por esto último, tomó sus armas, las maletas
con dinero y subió a su coche.
Pep cruzó la frontera poco después de que
los matones llegaran a buscarlo a la casa que le había servido de refugio.
A veces se puede salir del infierno
llevando sólo el perfume del diablo en la ropa.
Continuará…
¿Quieres leer desde la primer entrega? Aquí empieza la historia: https://novelalasombra.blogspot.com/2021/12/capitulo-1-entrega-1.htm

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