Carlos tuvo que esperar dos días antes de
poder ponerse en pie y un día más para poder caminar con pasos inciertos. Al
cuarto día estaba decidido para ir en busca de paula. El doctor le había dicho
que no sería prudente, que seguramente no podría ir más allá de la puerta del
hospital sin desmayarse.
Pero no fue así, la preocupación era un
gran incentivo y pudo salir del hospital con paso débil pero poco a poco
recuperó fuerza. Al llegar a su casa lo recibió el silencio y la ausencia de
Paula. Se dio cuenta que nadie había estado ahí desde que salieran aquel
fatídico día. Ya se imaginaba que así sería, sólo se detuvo a descansar lo
estrictamente necesario y volvió a salir a reportar la desaparición de su hija.
Repitió
la historia muchas veces en el transcurso de esa noche, al licenciado que lo
recibió en el ministerio público, al secretario, a los policías y hasta el
señor que vendía café afuera de esas oficinas, ahí se enteró de que necesitaba
darle dinero a cada una de las personas que tenían que hacer algo para iniciar
la búsqueda de su hija. Cerca de las 3 de la mañana se empezó a desesperar, por
un lado, porque no lograba que la autoridad se interesara en su caso y por el
otro que su cuerpo lo amenazaba con darse por vencido. Quería gritar y golpear
a todos.
Cerca de las 4 de la mañana y a punto de
regresar a su casa, lloró frente al hombre del café; lloró de desesperación, de
dolor, de tristeza y de rabia. El hombre, cansado de ver el drama humano en los
momentos de más angustia lo vio con ojos de comprensión; tomó un billete, lo
piso en su mano y le dijo:
-
Vaya a buscar al comandante Martínez,
dele el billete y dígale “agradezco su ayuda”.
-
¿Sólo eso?
-
Sólo eso necesita.
Y ese pequeño billete fue la diferencia.
-
Mi amigo, esto va a ser muy
difícil – Dijo un policía gordo y lleno de grasa en todas partes; ropa, cara y
la mano que le extendió a manera de saludo – ya ha pasado más de una semana,
pudieron pasar muchas cosas; pero vamos a ver qué podemos hacer. Vaya a dormir,
lo buscaré más tarde.
Carlos quería quedarse junto al policía,
pero sabía que su cuerpo estaba exhausto, Así que siguió el consejo del policía
y se fue a su casa. No había nada de comer y se conformó con un té con azúcar
para confundir a su estómago que empezaba a reclamar la falta de alimento.
Durmió muchas horas, cuando despertó el
sol ya se estaba poniendo. Algo lo había despertado: un ruido, pero no era
capaz de reconocer de dónde venía. Un momento después volvió a sonar, estaban
tocando la puerta. El corazón de Carlos se aceleró ¿Sería el policía? ¿Serían
noticias de Paula? Hizo un esfuerzo por serenarse y conteniendo la respiración
abrió la puerta.
-
Buenas noches señor – era el
policía grasoso – traigo noticas.
Continuará…
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