El tiempo se detuvo y Carlos sintió que
el piso se volvía arenas movedizas. El policía grasoso abría la boca pero sus
oídos no captaban sonidos. El visitante lo ayudó a buscar en donde sentarse y
espero a que tuviera dominio de si mismo.
-
Y ¿Qué fue lo que pasó?
-
Es mejor que vayamos a
reconocer el cuerpo, ya habrá tiempo de saber los detalles.
-
¡Necesito saber qué le pasó!
– dijo en un hilo de voz – Paula, mi nena.
El policía grasoso entendió que debía
darle tiempo al hombre de acomodar sus emociones y no lo presionó.
-
Vamos – Le dijo Carlos.
-
¿No prefiere esperar un poco?
Carlos se levantó con mucha energía, la
fuerza le había regresado al cuerpo y quería ir en búsqueda de la verdad por
doloroso que le resultara.
El policía lo llevó en su auto hasta la
morgue, durante todo el viaje guardaron silencio que solo rompió cuando
estacionó el coche al llegar al edificio.
-
Sígame – fue lo único que le
dijo
Caminaron juntos hasta la puerta doble
del enorme edificio que ostentaba el nombre de Servicio Médico Forense. Al
ingresar tuvo que anotar su nombre en un libro de pastas duras y se dejó guiar
hasta el depósito de los cadáveres. El aroma se iba haciendo más fuerte
conforme avanzaban; era el aroma de años de miedo acumulado.
-
Espere aquí – y el policía
entró a la habitación dejando a Carlos en el pasillo.
Minutos después regresó acompañado de
otra persona, era difícil identificar si era otro policía, un licenciado o un
doctor. Llevaba una bata que había sido blanca, pero ahora tenía un color
indefinido; el hombre usaba una corbata chueca y sucia, en los labios una
sonrisa que más que simpatía causaba malestar en el estómago.
-
¿Está listo para entrar?
-
Estoy listo – mintió, pero
tenía la necesidad de saber qué había pasado y un poco de esperanza de que no
fuera Paula.
Entró a una sala muy grande que tenía
muchas mesas en donde estaban cuerpos tapados por sábanas. El aroma era fuerte,
pero Carlos no era capaz de percibirlo.
Se acercó otro hombre, no traía bata de doctor,
pero si una libreta.
-
¿Cuál es el nombre de la
persona?
-
Paula…
-
Y usted es…
-
Su papá
-
Rasgos principales…
-
Un metro sesenta, cabello
largo ojos café, piel blanca. Tiene un lunar en el brazo derecho, tiene
braquets para enderezar los dientes.
-
¿Que ropa traía?
-
Pantalón de mezclilla y una
blusa rosa pálido, tenis de colores.
El recién llegado tomaba nota de todas
las respuestas y el hombre con la bata le indicó que se acercara a la mesa que
estaba cerca de ellos; tomó el extremo de la sábana y dejó al descubierto la
cara de Paula.
Tuvieron que llevar a Carlos a la
enfermería, tan pronto vio el cuerpo de su hija en la plancha se había
desmayado. Tardó bastantes minutos en recuperar la conciencia y otro rato más
en estar en posibilidad de platicar con el hombre que había estado tomando
nota.
-
¿Qué fue lo que pasó? –
Preguntó Carlos haciendo acopio de fuerza.
-
¿Se encuentra bien para que
podamos platicar? – el hombre con la libreta le cuestionó
-
Necesito saber – Respondió
Lo que sabían las autoridades era muy
poco.
-
Nos llegó un reporte hace
unos días de un cuerpo que había sido dejado en una calle solitaria, la policía
fue a verificar y la encontró. Los doctores de aquí dijeron que la habían
asfixiado después de haberla violado. No sabemos cuántos ni cuanto tiempo, pero
creen que tuvo que soportar un infierno antes de fallecer. - El hombre hablaba
sin emociones, como si estuviera platicando lo que había pasado en la novela de
anoche.
Carlos no tenía lágrimas, el dolor de
haber visto a su Paula y saber lo que había pasado le llenaron el cuerpo de
rabia y la necesidad de cobrar venganza.
-
Ya estamos investigando el
caso, puede estar seguro que encontraremos a los responsables – Le dijo el
policía grasoso – Deje que nosotros nos hagamos cargo y le estaremos informando
lo que logremos averiguar.
Sabía que era mentira y que tan pronto el
saliera del forense esos hombres olvidarían a Paula y se convertiría en un
número más en la lista de muertos y muertas de la gran ciudad. La rabia seguía
creciendo dentro de él.
El trámite para recuperar el cuerpo de
Paula y darle un entierro digno fue relativamente fácil. Eran su hija y él, no
tenían otros parientes a los que avisar. Hacía ya años que estaban el uno para
el otro; parecía otra vida donde Paula y Carlos eran felices. Carlos sabía que
tarde o temprano ella haría su vida y lo dejaría solo, pero no le importaba, él
amaba a su hija y quería lo mejor para ella. Pero esa vida ya no existía, Paula
se había ido y ahora tenía que decidir que hacer.
A la modesta funeraria donde prepararon
el cuerpo de Paula asistió un sacerdote, quien dijo unas oraciones que Carlos
escuchó sin ponerles demasiada atención, su mundo se había vuelto insípido.
-
Señor, te rogamos que recibas
a tu hija en el descanso eterno – decía el cura – que tu amor nos ayude a curar
el dolor de su partida.
Aquello era muy injusto, si tan solo no
hubiera llegado tarde por ella – Pensaba Carlos - ¿Cómo pudieron hacerle eso a
una niña como Paula? Yo tengo la culpa, por mi culpa ella murió.
-
El señor es mi pastor -
seguía con sus oraciones el sacerdote – nada me faltará.
-
Ahora si, nadie va a llorar
mi muerte – Carlos seguía con sus pensamientos – aquí he terminado, esto es
demasiado para mi.
Había tomado una decisión.
Continuará...
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